El victimismo ilustrado

Como todo el mundo sabe, recientemente falleció Pinochet. Es difícil no haber recibido la noticia, dado que ha dado lugar a numerosas impresiones por parte de casi cualquier profesional de la comunicación.

Yo por ejemplo vi a Pablo Motos haciendo chistes congratulándose del hecho, a Jesús Vázquez comentando la noticia con júbilo, y da la impresión de que se entiende por correcto el mostrar desprecio por ese personaje y alegría por su fallecimiento.

La verdad es que mostrar alegría por la muerte de alguien me produce, cuando menos, rechazo. Me produjeron rechazo las imágenes de palestinos (o vete a saber quiénes eran en realidad aquellas personas) difundidas por todos los medios celebrando el éxito del 11-S, igual que las muestras de júbilo por la pena de muerte para Sadam Hussein, e igual que las del caso con el que he comenzado.

También me llama la atención que uno pueda hacer juicios de valor y establecer una opinión sobre Pinochet cuando no ha sido juzgado.

Creo que el no haber sido juzgado es más importante que su muerte, porque el no existir un veredicto ni una investigación que permita arrojar objetividad al historial del acusado, impide que uno tenga la autoridad moral para emitir juicios objetivos (los únicos válidos afortunadamente). Dicho de otro modo, al no ser juzgado, Pinochet sigue siendo presuntamente inocente.

Y eso, a pesar de que al final con seguridad se hubiera demostrado sus horribles crímenes, es bueno.

Todo esto, claro está, es algo que suena mal. Suena bien despreciar a cualquiera que se pueda hacer pasar o sea sospechoso de pertenecer a cualquiera de estos grupos (por poner algunos de moda)

  1. Terrorista
  2. Dictador
  3. Maltratador

Así todo es más sencillo. Pero aún lo podemos simplificar más. Podemos sentirnos ofendidos, heridos o al menos molestos con cualquiera que no comulgue con esa forma de actuar ni con esos pre-juicios. Y es que vivimos en una época de uniformidad, de subjetividad, y de consagración de las víctimas como interlocutores.

Ahora ser víctima tiene muchas ventajas: te permite autoproclamarte portavoz político y/o moral para influenciar procesos de paz (más bien, curiosamente, para tratar de boicotearlos), te permite favorecer que se presuponga la culpabilidad del acusado de maltrato, te permite cometer injusticias impunemente. Y lo mejor es que puedes arrojar como contraargumento tu sufrimiento y supuestamente defenestrar las opiniones de personas que no se rinden ante ese ardid.

De aquellos que tienen la desfachatez de pensar que el perder a un hijo precisamente te impide una visión objetiva sobre las vías de solución del conflicto y entendimiento con sus autores; que las muertes de mujeres no se deben a características inherentes al gen Y al cual hay que combatir ante el más mínimo indicio, aunque se prive con ello a ciudadanos de derechos fundamentales como la presunción de inocencia. Sí, ya sé que ayer hubo otra muerte y llevamos ya X este año.

No hay que darle vueltas a las cosas. Reflexionar es secundario, lo fundamental es lo que te dice el corazón.

A ver quién tuvo narices para estar en desacuerdo con Pilar Manjón en su día (no ahora, que para eso está la Cope), con todo lo que estaba sufriendo. Yo no dudo que sufriera, con lo que no estaba de acuerdo era con lo que decía. Su dolor no era el objeto de debate, sino un recuerdo vivo de la tragedia.

Como apunte final en contra de este auge del victivismo como arma moral, en mi opinion debería establecerse un criterio o una clasificación en niveles, para evitar malentendidos. Para mi, por ejemplo, una víctima del terrorismo es alguien que murió en un atentado, o que resultó herido y las secuelas le causan una minusvalía.

Los padres, hijos, nietos, demás familiares o amigos son personas que se vieron afectadas indirectamente por el hecho, pero no son víctimas. No estoy en desacuerdo con que se les denomine como víctimas, pero no pertenecen al mismo grupo. Hay una diferencia cualitativa. De difundirse el criterio seguramente les dolería, pero supongo que estarán acostumbradas, ya que hacen de eso su bandera.

Supongo que después de decir esto debería sentirme mal, porque está claro que lo digo movido por una especie de odio irracional a gente de bien que bastante tiene con vivir día a día con el recuerdo de su tragedia, de cómo arruinó sus vidas. Todo el esfuerzo es para camuflar bajo un manto de reflexión que soy algo despreciable y que acabaré siendo un maltratador.

Las cosas facilitas, por favor, y que me hagan caso que para algo tiene que servir la putada que me ha pasado.

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